El tiempo en la cocina tiene diferentes dimensiones.
La primera y mas básica vincula al tiempo con el modo de
cocinar, se refiere a la aplicación del calor a los alimentos, práctica que se remonta a los tiempos en que el ser humano descubrió cómo hacer
fuego y observó la transformación que producía, los beneficios en la elaboración
de la comida y los efectos en la salud.
Una segunda dimensión, mas cotidiana, se refiere al tiempo que queremos (o podemos) dedicar a cocinar, a elaborar nuestros alimentos cotidianos, a experimentar nuevas recetas, a preparar dulces, conservas, pastas, o cualquier otro alimento que se pueda almacenar.
Y no menor en importancia, tenemos el tiempo compartido en la cocina, ya sea con nuestros hijos, padres, hermanos, abuelos, amigos o con quien nos ayuda a cocinar. La cocina suele ser uno de los ambientes en donde mayor parte del tiempo podemos pasar en nuestro hogar, si es que nos gusta cocinar (o degustar lo que se cocina en casa!).
¿Quién no guarda alguno de sus mejores recuerdos en el tiempo gastado al lado del fuego de la cocina?
Por último queda una dimensión más, la que más se esconde y olvida, la del tiempo que por lo general nuestras madres y abuelas dedican a cocinar para la familia, ese tiempo de cariño y afecto que no tiene medida.




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